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A mediados del siglo XVI siendo virrey de la Nueva España
Don Luis de Velasco, llegó a México un caballero: Don
Gonzalo Espinosa de Guevara, con su hija Beatriz, trayendo grandes fortunas.
Se dice que si grande era la Muchas veces bajo la luz de la luna y frente al balcón de doña Beatriz, se cruzaron los aceros del marqués y otros transeúntes. Por la mañana cuando pasaba la ronda por esa calle, siempre se hallaba a un caballero muerto o herido, a causa de las heridas que le produjeran la hoja toledana del marqués de Piamonte. Doña Beatriz se enteró de todos estos acontecimientos, llenándose de pena y angustia. Una noche después de rezar ante la imagen de Santa Lucía, que se sacó los ojos, en vez de pecar, tomó una terrible decisión para lograr que don Martín dejara de amarla para siempre. Arregló todos sus pendientes, despidió a toda la servidumbre y después de ver que su padre salía rumbo la Casa del Factor, llevó hasta su alcoba un brasero, colocó carbón y le puso fuego; cuando el calor del anafre se hizo intenso, sin dejar de invocar a Santa lucía, se arrodilló y clavo con decisión, su hermoso rostro contra el brasero. Doña Beatriz pegó un rito espantoso y cayó desmayada. Un fraile mercedario, Fray Marcos de Jesús y Gracia, quien pasaba por ahí, escuchó el grito y entró corriendo a la casona. Doña Beatriz, que no mentía, le contó al fraile la verdad. El religioso fue en busca de Don Martín y le explicó lo sucedido, éste llegó inmediatamente a ver a su amada, y al descubrir el velo que cubría la cara de doña Beatriz, se arrodilló ante ella y le dijo: "Ah, Doña Beatriz, yo os amo no por vuestra belleza física, sino por vuestras cualidades morales." El llanto cortó estas palabras y ambos derramaron lágrimas de amor y de ternura. La boda de Doña Beatriz y el Marqués de Piamonte se celebró en el Templo de la Profesa y a partir de entonces la calle fue llamada Calle de la Quemada.
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