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Paul Cézanne, uno de los pintores “impresionistas” más famosos del siglo XIX, nació en Aix-en-Provence. De padre italiano que procedía de una familia oriunda de Cesena. Su madre de ascendencia criolla, había sido sirvienta en la opulenta casa de los Cézanne y no se casó con el padre de Paul hasta 1844. La única época feliz de Paul fue durante los primeros años de su vida, transcurridos en Provenza, por cuyos campos paseaba, en compañía de su buen amigo Emilio Zolá, llenos de esperanzas, uno de ser un gran escritor y el otro, un famoso pintor. Ciertamente no fue un niño prodigio, pero ganó el segundo premio de dibujo en el Museo de Aix. A los 22 años de edad marchó a París, venciendo la oposición paterna, para seguir el ejemplo de Zolá. Las dificultades empezaron; para ocultar su excesiva timidez, solía explotar con arrebatos de furia, adoptando un aire jactancioso y bohemio. Fue suspendido en los exámenes de admisión en el museo de Bellas Artes y pasó mucho tiempo haciendo copias en el Louvre. Tenía el instinto de colorista nato pero avanzaba lentamente. Durante 1870-1871 se dedicó a la pintura la aire libre y se casó con una joven de Aix, fea y de escaso talento, que resultó ser una esposa excelente para él. Renoir, uno de los pintores que lo apreciaba, lo alentó a exponer en 1874 junto con los “rebeldes impresionistas”; sus cuadros provocaron risas hirientes. Al morir su padre en 1886, se convirtió en un hombre rico. En 1895 Ambroise Vollard, comerciante en obras de arte y posteriormente biógrafo de Cézanne, reunió 25 de sus lienzos y anunció una exposición, que nuevamente despertó la burla de los asistentes. Cézanne siguió pintando aunque a veces caía víctima de melancolía, iba con fervor al campo para pintar, como lo hacían sus vecinos para sembrar la tierra y recoger las cosechas; sólo que la bondad de sus frutos era menos tangible. Tenía la dificultad para dar realidad a sus sensaciones, y su nerviosismo llegó a ser casi patológico. Se levantaba por las noches y asomaba por la ventana su cabeza clava de socrática fealdad, con la esperanza de poder contar a la mañana siguiente con un día gris que reflejara sus sensaciones. Destruía los lienzos que no le gustaban, los abandonaba en campos o se los regalaba al único hijo que tuvo, para que los cortara y le sirvieran de rompecabezas. – “Cuando un cuadro no se logra, hay que echarlo a la lumbre y empezar otro” – solía decir el pintor. Fue tan desprendido de su obra, que cuando Vollard llegó a Provenza con la intensión de comprar “Cézannes”, los aldeanos enterados que andaba por ahí un parisino loco dando dinero por pinturas viejas, sacaron de graneros y desvanes, un número considerable de paisajes y naturalezas muertas, por los que pedían hasta 150 francos. Cézanne se sintió abrumado de felicidad. ¡Por fin su obra causaba una ligera sensación! Desgraciadamente el reconocimiento llegó demasiado tarde. En 1906 murió de una fiebre que contrajo mientras pintaba bajo un aguacero. Actualmente se reconoce a Cézanne como un gran pintor que dedico a los objetos inanimados un impulso vigoroso para crear cosas nuevas y vivas, habilidad que él llamó – “modesta sensación” -. No hay un museo importante en el mundo que no contenga alguna obra de este gran pintor.
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