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Muy madrugador era Don Fermín Anduenza, apenas esclarecía, y se echaba a la calle envuelto en su capa negra. Se dirigía a la Iglesia y con gran devoción oía la misa, al terminar tornaba lentamente a su casa, pero tanto al entrar como al salir del templo, se detenía frente al crucifijo, cuya amarillenta blancura resaltaba entre los oros de un altar plateresco. Don Fermín, con humildad oraba, y tras esa plegaria besaba los pies del crucificado y ponía unas monedas de oro en el plato petitorio. Esto se repetía día tras día. Don Fermín poseía grandes heredades pero más riqueza había en su alma. Era el hombre más bondadoso que pudiera conocerse. Ayudaba a los pobres, les ofrecía trabajo y aliviaba sus necesidades. Por esa misma época existía también un rico caballero, Don Ismael Treviño, que opuestamente a Don Fermín, desconocía el goce de hacer beneficios. Era un hombre envidioso, que se alegraba de ver caído al prójimo y se entristecía de verlo ensalzado. En el corazón de Don Ismael, entró una polilla de envidia que carcomía a solas. Se desvivía por hablar mal de Don Fermín. Si alguien decía un elogio de él, se ponía amarillo de rabia y amargura. Era el clásico hombre que con aguda vista veía los males ajenos pero no los suyos. Se tragaba el camello y se ahogaba con el mosquito. Los celos lo martirizaban cada minuto de su vida, y sólo sabía criticar y acusar. Así empezó a impedir con mil estorbos los negocios de Don Fermín, pero con cada una de sus malas acciones, en lugar de entorpecerle lograba mayor éxito y mayores ganancias. La envidia se volvió odio hasta llegar a aborrecerlo y pensar en matarlo, claro consejo del diablo. Caviló mucho como quitarle la vida: si con un puñal, si con una pelota de plomo, si con un veneno. Su gran cobardía rechazó daga y pistolete, temiendo ser apresado por la justicia; así que se decidió por la ponzoña, a la que consideró con menos riesgo. Buscó y encontró a un hombre que le puso en una vasija agua de color azul, que no ocasionaba la muerte en el acto, sino que poco a poco, iba haciendo su efecto en el cuerpo, y al fin, después de varios días, apagaba la existencia suavemente sin dolores. Roció con ese líquido, un gran pastel de hojaldre que, muy caliente y dorado, envió a Don Fermín diciéndole que era un obsequio de su amigo regidor del ayuntamiento, que lo disfrutara en el desayuno, acompañado de un rico tazón de chocolate. Don Fermín lo recibió muy agradecido y antes de salir a misa se dio un gran festín. Don Ismael con gran curiosidad lo siguió, quería ver qué efectos le ocasionaba el brebaje. Tan pronto entró a la iglesia el buen hombre se acercó como de costumbre al Santo Cristo y besó sus pies ensangrentados; apenas puso en ellos los labios y un ola negra empezó a subir rápidamente por todo el cuerpo de Cristo hasta quedar como si estuviese tallado en ébano. Los devotos que rezaban junto a él empezaron a dar voces de asombro al mirarlo ennegrecido. Don Fermín quedó pasmado. Fue tal el asombro de Don Ismael Treviño, que en un instante le cesó el rencor del alma, cayó a los pies del generoso caballero y le confesó gimiendo que había querido envenenarlo y que el Cristo, como una esponja milagrosa, había absorbido el veneno que llevaba librándolo de una muerte cierta. Don Fermín lo perdonó de corazón, lo abrazó con cariño como si fuera un hermano ausente a quien no había visto en mucho tiempo. Las personas allí presentes se llenaron de enojo y quisieron aprehenderlo, llevarlo a la cárcel; pero Don Fermín les rogó que le dejasen ir en paz, porque él ya había olvidado el agravio, y que salió pálido y cabizbajo. Ese mismo día abandonó la ciudad y nadie volvió a verlo. A partir de ese momento, tanto Don Fermín Anduela como innumerables fieles, llevaban a diario velas de ofrenda al Santo Cristo Negro; cierta tarde cayó una vela y la Santa imagen se abrasó en fuego volviéndose pavesas. Tiempo después fue reemplazado con otro Cristo también negro que es el que conocemos ahora en el altar de la Catedral, lleno de exvotos de plata y oro.
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