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Una mañana muy temprano me empecé a preparar para recibir la vista de mis nietecitos de 10 y 7 respectivamente. – “Qué les inventaré para entretenerlos, para que pasen un día muy divertidos?” – Saqué mis estuches de acuarelas, hojas de papel de buen tamaño para que iniciaran su mañana haciendo un dibujo. Puse varias tacitas con agua limpia y dos franelas para que limpiaran sus pinceles. La primer actividad estaba lista. Volví a pensar : - “Qué otra actividad les prepararé cuando terminen de pintar? ¿les gustaría ayudarme en la cocina?” – Una sonrisa vino a mis labios; me imaginé la escena y me vi con una tortilla de huevo sobre la cabeza. Aún así pensé: - “Me arriesgaré” -. Saqué las pelotas de fútbol por si querían jugar a los “goles”, un balón de fútbol americano, varios cientos de colorines que habíamos juntado poco a poco durante nuestros paseos matutinos por el parque y un libro de cuentos. Se me olvidaba algo y subí las escaleras hacia mi cuarto para prepararles la videocasetera con dos o tres películas blancas, esas, con las que se podrían divertir sanamente. Repasé mentalmente el día y quedé satisfecha de todos mi preparativos. El ruido de un coche y las voces cantarinas de unos niños me sacaron de mis reflexiones. Bajé presurosa a recibirlos con gran ilusión. Los chicos entraron cargados de pistolas, rifles, ametralladoras todas de vivos colores, me sentí como si saliera a un campo de batalla. Después de un ligero salido, comenzaron a disparar dardos a diestra y siniestra por toda la casa. El retrato del abuelo tenía pegados dos o tres, la ventana de la sala parecía que tenía viruela, mi suéter les encantó porque en él, se pegaban mejor. Parecía yo un erizo. Hice un esfuerzo por apaciguarlos y logré guardar para más tarde sus armas. Orgullosamente les presenté el quipo de pinturas y… ¡Oh desilusión!, trazaron dos que tres líneas sobre el papel, tiraron el agua y las franelas les sirvieron de bandera. La diversión duró menos de diez minutos y eos fue todo. Pensé para mis adentros: -“Mejor no los pongo a cocinar, no sea que me encienden la casa”-, descubrieron la pileta de agua y casi casi se bañaron. Cortaron ramas, plantas y flores hasta aburrirse. Apenas había transcurrido media hora desde su llegada. –“¿Qué hacemos ahora abue?, ya nos estamos aburriendo”-, -“¿Quieren ver una película?”-, pegaron un salto y gritaron a coro –“Queremos jugar Game Cube.”- yo no tenía idea clara de qué era eso, pero cuando de que se trataba me quedé perpleja. Se sentaron en el suelo con sendos controles en sus manos llenos de botones y empezaron a jugar; el juego consistía en matar a todo ser viviente o imaginario que saliera la paso. Los sonidos eran impresionantes. Había bombas, metrallas, pistolas sofisticadas, monstruos. Los chicos no se separaban ni por un segundo la vista de la brillante pantalla. Estaba tensos, dando pequeños saltos y gritos según la emoción que percibían. –“¿Cuántas horas pasaron?”-, No lo sé, sólo sé que todos mis planes para ese día se vinieron abajo. Mis enormes ganas de compartir mi tiempo con ellos, tal vez a mi manera antigua, quedaron olvidados. Adiós a la creatividad infantil, adiós a la maravillosa idea de sorprendernos ante la naturaleza, ante la pequeña hormiga cargando una gran hoja, ante una bella historia, ante una dulce música. Adiós a los sentimientos sencillos que nos mueven a la paz. El mundo había cambiado sin darme cuenta. Sonia Rubalcava Durand.
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